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LA CIUDAD DEL TIEMPO PERDIDO

 
por Angel Rodriguez Alvarez



 

Durante mucho tiempo tuve un sueño extraño, que se repetía una y otra vez:

Iba  yo caminando por un sendero que se adentraba más y más en una gran zona boscosa.

En un cierto momento, todo quedaba en silencio. Un ensordecedor silencio y una quietud total en el ambiente. No se movía ni una brizna de hierba.

El camino desembocaba en un claro, donde se advertían una serie de edificaciones que eran similares a las de una pequeña pero majestuosa ciudad maya. Hermosa como una mujer coqueta engalanada con sus mejores galas. Todo estaba iluminado por una luz dorada, como la de un atardecer.

Había gran cantidad de plantas de maíz, que despedían un olor fuerte y penetrante. Las plantas estaban secas y tiradas por el suelo y las espigas debían haber sido recogidas, pues no se veía ninguna.

Los edificios estaban decorados con figuras típicas de esta cultura, pero había algo que me llamó poderosamente la atención: no había puertas ni ventanas.

El silencio, insisto, era espantoso, pero me pareció que había alguien en la extraña ciudad. Que no estaba desierta. Tuve la incómoda sensación de que miles de ojos me estaban observando.

Pero noté algo más raro aún. Tenía la impresión de que aquella ciudad me llamaba. Sentía que yo alguna vez había pertenecido a este lugar y que debía volver a él.

Una tremenda melancolía me embargaba. Entonces despertaba, con el corazón encogido. A veces con los ojos llenos de lágrimas. Jamás he comprendido el significado de este sueño.

Hace ya algunos años que no he vuelto a tenerlo. Creo que he perdido esta ciudad para siempre y que ya no la volveré a ver jamás. Es como cuando quieres a alguien con mucha fuerza y lo pierdes para siempre.

La echo de menos.

Yo la llamé "La Ciudad del Tiempo Perdido". ¿Por qué  ese nombre?.

La verdad es que no lo sé.   

Desde pequeño me he sentido muy atraído hacia todo tipo de lectura. Con la lectura me ocurre como con el cine, que no me limito a ser un espectador, sino que vivo y siento cada historia, cada leyenda, como si me encontrase siendo parte de esa historia o de esa leyenda.

Yo no leo una historia, la vivo. Y con el cine me ocurre lo mismo: no veo una película, formo parte de esa historia, de ese relato. Me sumerjo con los cinco sentidos en lo que estoy viendo.

Las historias de aventureros, expedicionarios y buscadores de fortuna figuraban entre las lecturas preferidas de mi niñez. Esas y las de Ciencia-Ficción exacerbaban mi fantasía infantil y juvenil, y ocupaba en ellas horas y horas, durante las cuales me hallaba ausente de este mundo de nuestras desventuras al que consideramos "real", y en el que nos encontramos prisioneros.

Siempre he dado gracias a Dios por no haber sido nunca un escéptico, pues me hubiera privado de "vivir experiencias" en mundos maravillosos y fantásticos, donde todo era posible. Pero cuando esa fantasía se mezclaba con la realidad, o la realidad podía igualar o superar a la fantasía, entonces el interés aumentaba extraordinariamente. Ya no se podía establecer una clara línea divisoria entre una y otra.

Decía Serge Huttin que todos estos relatos no son más que símbolos de la perpétua nostalgia humana de un paraíso terrestre, que sólo existe en el Universo de la Leyenda. Pero, ¿Es así, realmente?.

La palabra "Mito" proviene del griego "Mytos", que significa "Fábula". La fábula es el relato de un hecho maravilloso sucedido en un tiempo pasado, muy remoto.

Hace ya muchos años tuve conocimiento de una historia fascinante, que tenía el aliciente de ser algo real, no imaginario, y sin embargo tenía todos los ingredientes de cualquier relato de aventuras. Me refiero a la historia vivida por un explorador llamado Perry Harrison Fawcett, que todas las personas amantes del Misterio conocen muy bien, y que fue algo asi como un Indiana Jones de la vida real. De hecho creo que Steven Spielberg se basó en la vida de este hombre para crear su famoso personaje.

Se cree que estuvo relacionado muy estrechamente con algunas sectas tibetanas, si es que no perteneció de hecho a alguna de éllas. Sería allí, en Oriente, donde se ilustró intensamente sobre estos temas.

Su esposa Nina declaró, cuando Fawcett se hallaba ya en la selva del Matto Grosso, sin saberse nada de él, camino de su incierto destino, que durante su permanencia en Oriente recibieron la visita de unos seres "muy especiales", que les informaron de cuál iba a ser su papel en el futuro, en tierras americanas y su "enlace" con esa civilización oculta. Les habían preparado una misión de gran trascendencia.

Nació Fawcett en Devon, Inglaterra, en el año de 1825. Durante su permanencia en el Ejército Británico, alcanzó el grado de Coronel llegando a formar parte del Servicio Secreto, y posteriormente en 1906 le fue encargada la dirección de una expedición para delimitar la frontera entre Brasil y Bolivia, lo cual no era nada fácil. Fueron trabajos de carácter oficial para los gobiernos de Perú, Bolivia y Brasil, realizados desde 1906 hasta 1914, excepto 1912. Una vez finalizada su misión, abandonó el ejército y se dedicó a efectuar exploraciones por su cuenta y riesgo, obsesionado con localizar una ciudad misteriosa que él denominó "Ciudad Zeta", sin que este nombre tuviera significación alguna. ¿Por qué era tan misteriosa esta ciudad?. Pues porque al parecer entroncaba con civilizaciones muy antiguas, anteriores a la nuestra, como pudiera ser la Atlántida, mítico Continente-Isla, que este hombre estaba totalmente convencido que había existido en el pasado.

Fawcett había estado recopilando en archivos militares, religiosos y civiles durante

años, multitud de leyendas y mitos, así como planos sobre la zona donde suponía que se hallaba este lugar, esta ciudad "Z",  de la que sabía que era de piedra, con puertas enormes de grandes dinteles, piedras labradas y gruesos muros, que albergaba a seres de una gran civilización ligada directa o indirectamente con los dioses llegados del cielo. Poseían una extraña luz que no se apagaba nunca. Una luz perpétua, así como una tecnología bastante avanzada.

Los habitantes de estas agrestes zonas en la antigüedad conocían esta luz perpétua que sería causada por la luminiscencia de una piedra volcánica, utilizada en sus templos y construcciones bajo tierra. Esta piedra se estropeaba al ser expuesta a la luz solar.

De igual forma se hablaba de unas plantas que se utilizaban para iluminar las viviendas de los indios. Estas plantas cambiaban sus flores luminosas con frecuencia, por lo que se disponía de una luz constante. Nadie en la actualidad sabe nada sobre esas piedras o esas plantas. ¿Era todo imaginación?.

En Brasil existen muchos rumores que hacen referencia a la existencia de un reino subterráneo iluminado por esa extraña luz. Los habitantes de ese reino se alimentarían exclusivamente de frutas, y otros vegetales.

Serían personas a quienes no afectarían ciertas tendencias que tenemos en la sociedad nuestra, como el crimen.

Las mujeres podían ser fertilizadas sin intervención de los varones, (¿por inseminación artificial?).

Esta civilización no tiene nada que ver con los Mayas o los Incas, aunque muchas personas así lo creen. Los pueblos mayas, los Incas, aztecas y otros practicaban rituales en los que se ofrecían víctimas humanas a sus dioses, lo que se hacía de forma verdaderamente cruel casi siempre, y en número exageradamnete alto, lo que no concuerda con la evolución social que supuestamente habría alcanzado esta otra civilización que habitaría en ese hipotético reino subterráneo.

Se habla de que cuando los españoles exigieron a los indígenas la entrega de cantidades enormes de oro, estos se refugiaron en estas zonas subterráneas, a donde trasladaron cantidades ingentes de ese oro, suficientes, se dice, como para empedrar toda España con ese noble metal, lo que en mi opinión es una exageración. Se dice que si los españoles hubieran tenido un comportamiento más digno, y se hubieran granjeado la amistad y la confianza de estos pueblos, hoy día España sería el  país más rico del planeta. A mi personalmente, me suenan estas cosas a cuentos llenos de fantasía.

Fawcett buscaba una tribu que podría ponerle sobre la pista de lo que buscaba. Esta tribu eran los feroces Carijona, cuyo nombre significa "Murciélagos", y que formaba parte de algunos mitos en el área donde habitaban, en la que se les suponía unos seres gigantescos (de hecho lo eran), con la facultad de transformarse en bestias feroces, o en cualquier clase de animal, incluídos los reptiles y con ello conseguir despistar y atrapar a sus enemigos, que luego vendían como esclavos a los brasileños, intercambiándolos por útiles o alimentos que necesitaban.

Estas tribus carijonas, (Huaques o Murciélagos) eran gente caníbal, aficcionados a merendarse a quien se les pusiese por delante. Tenían la cabeza cuadrada, debido a una costumbre suya que consistía en amarrar unas tablas en la cabeza a los niños desde su nacimiento, en forma de cuadrado, hasta aproximadamente los 10 años. De esta forma se les quedaba el cráneo como un cubo.

A todos los familiares que se les morían se los comían, no por hambre o necesidad alimenticia, sino porque creían que con esta práctica "gastronómico-religiosa" todas las virtudes del fallecido se integraban en la persona que se los comía. Era como si superviviesen de esa manera. Lo mismo hacían los guaraníes, que se comían a sus abuelos cuando fallecían. Sus mayores se sentían honrados con esta costumbre.

No eran los únicos caníbales de la zona. Los conquistadores españoles ya habían hecho referencia a esta costumbre practicada por diversas tribus, y alguno llegó a formar parte del menú de estas gentes.

El propio Moctezuma era un gran "comedor de nalgas humanas". Era pues una costumbre muy extendida por toda América Central y Sudamérica.

Fawcet habla en su obra "A través de la Selva Amazónica", en el capítulo 1, de los relatos existentes en las crónicas del siglo XVIII de un tal Francisco Raposo, quien junto con otros acompañantes y unos guías indios descubrieron lo que Fawcett decía ser la ciudad que él buscaba, o al menos de una de características semejantes, aunque él siempre buscó una ciudad subterránea y ésta no lo era, evidentemente, pero tal vez podría tener alguna relación con ese reino bajo tierra.

Escribe este sorprendente relato (está resumido), refiriéndose al descubrimiento de Raposo  de esa ciudad, situada al Noroeste del Estado de Bahía, en los alrededores del río Xingú, afluente del río Amazonas:

 

"...Buscando leña para el fuego en el monte bajo, divisaron un ciervo al otro lado del riachuelo. Preparando sus arcabuces, lo siguieron tan rápidamente como pudieron ya que con él tendrían carne suficiente para varios días. El ciervo se había esfumado, pero más allá del picacho se encontraron con una profunda hendidura frente al precipicio y vieron que era posible llegar a la cumbre de la montaña escalándola.

Penetraron en fila india por la hendidura para descubrir que se ensanchaba a medida que se adentraba en la montaña; se hacía difícil caminar, pero aquí y allá existían rastros de antiguo pavimento y en algunos lugares las escarpadas paredes de la hendidura mostraron borrosas marcas de herramientas.

El ascenso era tan difícil que transcurrieron tres horas antes que surgieran en una ladera mucho más alta. Desde allí hasta la cumbre existía un terreno limpio, y pronto se encontraron en lo alto contemplando, alelados, el asombroso espectáculo que se extendía a sus pies.

Allí abajo, a cuatro millas de distancia, se alzaba una gran ciudad. No divisaron signo alguno de vida, no se alzaba humo en el aire quieto, ni un rumor venía a quebrar el silencio total. El lugar estaba desierto. Descendieron hasta llegar a una entrada bajo tres arcos formados de enormes losas. Quedaron tan impresionados con esta estructura ciclópea  (semejante a las que todavía pueden admirarse en Perú), que ningún hombre se atrevió a pronunciar una sola palabra y se deslizaron por la senda de piedra ennegrecida.

En lo alto del arco se veían caracteres grabados profundamente en la piedra gastada por el tiempo. Los arcos estaban todavía en buen estado de conservación pero uno o dos de los colosales soportes se habían retorcido ligeramente en sus bases. Los hombres avanzaron en lo que una vez fuera amplia calle. A ambos lados había casas de dos pisos, construidas de grandes bloques unidos por junturas sin mezcla, de una perfección increíble; los pórticos estaban decorados con esculturas elaboradas que a ellos les parecieron figuras demoníacas. Por todas partes existían ruinas, pero muchos edificios estaban techados con grandes losas que aún se mantenían en su sitio.

Los hombres continuaron calle abajo hasta llegar a una vasta plaza. En el centro se alzaba una columna colosal de piedra negra y sobre ella la efigie de un hombre en perfecto estado de conservación con la mano descansando en la cadera y la otra apuntando al norte. Obeliscos esculpidos de la misma piedra negra se levantaban en cada esquina de la plaza, mientras en uno de sus costados se alzaba un edificio tan magnífico por su diseño y decorado que probablemente era un palacio. Sus grandes columnas cuadradas aún se conservaban intactas. Una amplia escalera conducía a un gran vestíbulo que aún conservaba rastros de pintura en sus frescos y esculturas.

La figura de un adolescente estaba esculpida sobre lo que parecía ser la entrada principal. Representaba a un hombre sin barba, desnudo de la cintura para arriba, con un escudo en la mano y una banda atravesada sobre un hombro. La cabeza adornada con una corona de laureles y al pie una inscripción escrita con caracteres parecidos a los de la antigua Grecia. Más allá de la plaza y de la calle principal, la ciudad yacía completamente en ruinas. Casi no existía duda de la catástrofe que había devastado el lugar.

Joâo Antonio (el único miembro de la partida a quien se lo anuncia por su nombre en el documento) encontró una pequeña moneda de oro. En una de sus caras mostraba la efigie de un joven arrodillado y en la otra un arco, una corona y un instrumento musical no identificado. El documento sugiere el descubrimiento del tesoro, pero no da detalles.

Francisco Raposo decidió seguir la corriente de un río, esperando que los indios recordarían las señales cuando regresasen con una expedición mejor equipada .

Los aventureros se pusieron de acuerdo en no revelar una palabra a nadie, con excepción del virrey.Volverían tan pronto como les fuera posible a tomar posesión de todos los tesoros de la ciudad.

Después de algunos meses de dura travesía alcanzaron Bahía. Desde allí envió el documento, cuya historia acabo de contar, al virrey, don Luiz Peregrino de Carvalho Menezes de Athayde.

Nada hizo el virrey, y tampoco se puede decir si Raposo regresó o no al lugar donde hiciera su descubrimiento. En todo caso, no se volvió a saber de él" . (págs. 18 a 29).

 

 

¿Qué siente un explorador al encontrarse, de repente, ante una ciudad misteriosa, que ha estado perdida en el tiempo durante cientos, tal vez miles de años y que todavía guarda, entre sus silenciosos muros, el rumor de un tiempo en que estuvo habitada por seres misteriosos, cuyo espíritu parece permanecer deambulando por sus ahora vacías calles, tal vez observándolo?. ¿Qué sensaciones embargan sus sentidos?. ¿Sorpresa, miedo, melancolía o algo indefinido, imposible de expresar con palabras?.

Los grandes descubrimientos, en todos los órdenes de la vida, no sólo en Arqueología o en Historia, son realizados por personas, hombres y mujeres con espíritu aventurero, muy alejados de la forma de ser y pensar de los llamados escépticos, con quienes tienen que enfrentarse, y que los hacen blanco de sus burlas y descalificaciones. No hay más que echar una mirada atrás en la Historia de la Humanidad, para entender lo que estamos diciendo.

Ellos partieron a la búsqueda de su Eldorado particular, luchando contra viento y marea, perdiendo a veces la vida. Todos ellos lo intentaron y muchos lo lograron.

A veces sus sueños, sus ilusiones, al no ir acompañadas de la suerte o no corresponder a la realidad, se pierden en el aire, donde se diluyen sin resultado práctico alguno, pero en otras ocasiones sí se concretan en algo real, que asombra a sus contemporáneos que no confiaron inicialmente en ellos.

Ocurrió, por poner un ejemplo entre muchos otros, en 1839, con el descubrimiento de la Cultura Maya por parte de John L. Stephens y el dibujante Frederic Catherwood, apoyados en los manuscritos de un militar, el Coronel Garlindo, el cual hablaba de un documento de 1700, donde se hacía referencia a ciudades y extraños monumentos de piedra, en Honduras, en Yucatán y en toda América Central. Unos locos soñadores que no eran tan locos. A veces conviene no tener demasiado afianzados los pies en el suelo.

Chichén Itzá, (descubierta por Edward Herbert Thompson) o Machu Pichu, (encontrada por Hiram Bingham en 1911), y otros lugares se encontraron tomando como guías a los cronistas españoles, como Diego de Landa, en 1566 (quien escribió su relación de las cosas del Yucatán), y Fernando Montesinos, cronista español del siglo XVII, entre otros.

Estos descubridores, estos soñadores creyeron en estos relatos, mitos y leyendas, y siguiendo su estela llegaron a alcanzar la gloria que andaban buscando.

Resucitaron a civilizaciones perdidas en el recuerdo de las gentes, y ocultas por la espesura de la selva, sacándolas a la luz y colocándolas en el lugar que les corresponde dentro de la Historia de la Humanidad.

La búsqueda de una ciudad perdida en el Amazonas no es algo relativamente reciente, sino que se remonta a las grandes hazañas de dos exploradores españoles: Francisco de Orellana, en 1541 y Lope de Aguirre, en 1560. En lo que se refiere al resto del mundo, siempre se ha hablado de ciudades y reinos misteriosos y ocultos, a lo largo de toda la Historia.

Pero no debemos confundir una ciudad perdida con una ciudad oculta. Parecen la misma cosa, pero a mi modo de ver no lo son. Siempre se ha dicho que la Ciudad Z del Coronel Fawcett era o es una ciudad perdida, pero yo no estoy de acuerdo.

Ciudad perdida es aquélla que ha desaparecido y ya sólo quedan algunos imprecisos recuerdos de ella, cuando quedan, que en ocasiones no ocurre ni eso.

Son ciudades que han pertenecido a civilizaciones que ya no existen, y sus huellas han sido sepultadas por la exhuberante vegetación de la selva, o han sido enterradas por siglos y siglos de capas sucesivas de tierra. Sucede, en esta zona, con las ciudades de la cultura Maya, y la de imperios o civilizaciones anteriores, que nos son totalmente desconocidas, como la que encontró Raposo y que cita Fawcett.

Las ciudades ocultas son otra cosa. Son ciudades que siempre han estado fuera de la vista de la gente, generalmente en lugares inaccesibles, incluso subterráneas, y de las que se dice que aún están ocupadas por unos seres que viven en simbiosis con nosotros, pero sin darse a conocer. Se mantienen ocultos deliberadamente, por las causas que sean. Pertenecen a los mitos y leyendas, pero en muchas ocasiones esos mitos y leyendas parten de un hecho real, o de la existencia de algo real.

La ciudad Z de Fawcett pertenecía, ¿pertenece?, a una civilización  de esas características, y estaba situada en ese reino subterráneo al que hacen referencia multitud de relatos con mayor o menor consistencia.

En los círculos de naturaleza mística es donde más se habla de la existencia de estas ciudades, de estos reinos, que entroncan directamente con la llamada "Teoría de la Tierra Hueca".

¿Tierra hueca?. Evidentemente la Ciencia nos dirá que la Tierra no es un planeta hueco, en cuyo interior pueda desarrollarse ningún tipo de vida. La vida es imposible como no sea, y esto sí sería más racional, en grandes espacios huecos, grutas y pasadizos esparcidos por todo el mundo, y unidos por túneles o pasadizos. Es también una idea fantástica, pero más racional que la teoría de la Tierra Hueca. De hecho existen ciudades modernas, actuales, que se han construído y se están construyendo bajo tierra, y que son una alternativa a nuestra existencia en la superficie.

Hay una tercera hipótesis, planteada por otros estudiosos e investigadores de estos temas. Sería ésta: Ciertas grutas o cuevas de la Tierra serían la entrada no a un mundo subterráneo, sino a otros planos de vida paralela a la nuestra. Es decir, que estaríamos hablando de pasos dimensionales, que tienen su inicio en la entrada de esas cuevas.

Un ejemplo de lo que decimos lo tendríamos en la Cueva de los Tayos, situada a unos 800 metros de altura en una zona montañosa, en las faldas septentrionales de la Cordillera del Cóndor, en El Ecuador.

Descubierta para el mundo por el explorador Juan Moricz, tiene una entrada que es un pozo vertical de 2 metros de diámetro y 63 metros de profundidad. Después se ramifica en un verdadero laberinto de muchos kilómetros de túneles y salas que se hallan en absoluta oscuridad, donde las luces más potentes no consiguen taladrarla. En esos vastos espacios cabrían catedrales enteras.

El nombre deriva de unos pájaros llamados Tayos, (Steatornis Caripensis), muy apreciados por los indígenas Shuaras, (los conocidos jíbaros, reductores de cabezas).

En las paredes de esas cuevas y corredores existen huellas de herramientas, y formas geométricas perfectas, de factura artificial.

Fue en ese lugar donde Moricz encontró unas planchas de metal, se dice que son de oro, donde estaría grabada la historia verdadera de la Humanidad.

Con fecha 21 de julio de 1969 se levantó un acta notarial, en la que se dice: "...he descubierto valiosos objetos de gran valor cultural e histórico para la Humanidad. Los objetos consisten especialmente en láminas metálicas que contienen probablemente el resumen de la Historia de una civilización extinguida, de la cual no tenemos hasta la fecha el menor indicio...".

Bueno. Esos corredores, esas planchas y los demás objetos ya son algún indicio de esa civilización, parece.

El Coronel Perry Harrison Fawcett, heredero de los antiguos exploradores, que se remontan hasta los tiempos de los conquistadores españoles y portugueses, cuando comenzó su última aventura, parecía muy convencido de lo que estaba haciendo y hacia dónde iba, pues despidió a los guías indios, quienes estaban cansados y temerosos, envió una misiva a su esposa, recomendando que bajo ningún concepto los buscasen, en caso de que no se volviese a tener noticias de ellos y se adentró en la procelosa selva, desapareciendo de la Historia, buscando una ciudad de leyenda, y al hacerlo entró él mismo, su hijo Jack  y el amigo de su hijo Raleigh Rimmell, a formar parte de esa leyenda.

Nunca más se supo de ellos. O sí, pero lo que se supo eran variadas versiones sobre su paradero, versiones contradictorias y poco fiables. Algunas hablan de muerte, negada una y otra vez con firmeza por su esposa y familiares, que siempre tuvieron la esperanza de que en algún lugar remoto, tal vez prisioneros de alguna tribu de la zona se encontrasen todavía con vida.

Son muchos los expedicionarios que han partido en busca de ciudades desaparecidas, de las que sólo quedan rumores imprecisos. También se organizaron grupos de búsqueda y rescate de los ingleses desaparecidos, a pesar de las recomendaciones en contra de Fawcett. Gran parte de ellos desaparecieron para siempre, al igual que el Coronel.

Incluso los nazis tuvieron estos mitos en consideración y llevaron a cabo diversas expediciones para buscar estos supuestos pueblos que vivirían paralelamente a nuestra civilización, y que ellos consideraban que pertenecían a la raza aria.

Recientemente la revista científica "Science" se hacía eco de los trabajos llevados a cabo por un grupo de científicos estadounidenses en la actualidad, y publicaba las consideraciones que sobre asentamientos humanos se habían realizado en la zona a la que nos referimos.

Estos científicos, pertenecientes a la Universidad de Florida en Gainsville dirigidos por el Dr. Mike Heckemberger, afirman que en la selva amazónica, en una gran parte de su extensión, se asentaron grupos humanos conformando una gran civilización con ciudades tan estructuradas y complejas como las de la Grecia Antigua, o las de la Europa del Medievo.

En su búsqueda contaron con la inestimable ayuda de tribus locales (como la tribu Kuikoro, supuestos descendientes de esas antiguas civilizaciones), y con fotografías realizadas por satélites, con lo que lograron descubrir los trazados de ciudades y los caminos que las unían y que desembocaban en unas grandes plazas centrales, con palacios y hermosas edificaciones y monumentos. Estos descubrimientos nos recuerdan la ciudad descubierta por Raposo.

Ciudades defendidas por espléndidas y ciclópeas murallas, dicen, que llegaban a albergar una población de unos 50.000 personas. Han podido determinar algunos tipos de actividades humanas desarrolladas por aquellas gentes, como la agricultura o el tratamiento de pantanos.

También descubrieron restos de diques y de lagos artificiales usados para la piscicultura, lo que da una idea sobre su evolución técnica.

Estos hallazgos tiran por tierra la idea que se ha tenido siempre sobre la Amazonía, como lugar ocupado por gentes primitivas, bandas nómadas o tribus seminómadas, dedicadas únicamente a la caza y recolección de frutos y raíces.

Una y otra vez, los hechos nos obligan a revisar lo que se ha establecido como norma, e incluso como dogma en la historia humana. Los hallazgos de nuevos y sorprendentes restos, y el concurso de nuevas tecnologías nos cambian esa visión histórica que se ha venido aceptando como algo convencional, pero que vemos que en muchas ocasiones ha estado equivocada.

No parecen ser, aunque todo es posible, restos de Olmecas, Mayas, Aztecas, Incas o civilizaciones similares.

Los Olmecas existieron desde 1500 a.C. Hasta 800 a. C..

Los Mayas conformaban un conjunto de pueblos indígenas de la parte central de América, viviendo desde muy antiguo en México, (Veracruz, Tabasco, Chiapas, Campeche y Yucatán), también en Guatemala y ya en poca cantidad en Honduras y en El Salvador. (De 1.500 a.C. hasta casi la llegada de los conquistadores en el siglo XVI). Grandes constructores, astrónomos y matemáticos, constituyeron un imperio muy avanzado, sorprendentemente evolucionado.

Desaparecieron como civilización, pero no como raza, pues sus descendientes aún siguen existiendo en la actualidad.

Los Aztecas o Mexicas ocupaban la parte Sur y Central de México, (siglo XIV hasta XVI).

¿Quienes, muchísimo antes de todos estos grupos, ocupaban la zona del Matto Grosso, en Brasil?.

Es   una buena pregunta, que yo me he hecho en infinidad de ocasiones.

Busco, durante mucho tiempo, y lo vengo haciendo desde que comencé a interesarme por los enigmas de este planeta nuestro, las respuestas a esas preguntas que todos nos hacemos sobre qué ocurrió en el pasado, en un pasado muy remoto, cuando los dioses caminaban al lado de los hombres.

La respuesta a quiénes eran los que habitaban estas tierras sudamericanas, antes que las innumerables razas que han ido poblando el Centro y el Sur de este asombroso y apasionante, (y peligrosísimo) continente, podría venirnos de la mano de personas que se interesaron por estos enigmas, como el Dr. Raymond Bernard, estadounidense, que llega a estas conclusiones, (y no es el único), sobre estos asentamientos humanos y los mundos subterráneos. Dice Bernard:

            

"Se ha dicho que el interior de la Tierra lo recorre una red de túneles, que abundan especialmente en América del Sur, y que estos túneles conducen a ciudades subterráneas en las inmensas cavidades de la Tierra.

El más famoso de estos túneles es el "Camino de los Incas", que según se dice se extiende por varios cientos de kilómetros hacia el sur de Lima, a Cusco, a Tiahuánaco, dirigiéndose hacia el desierto de Atacama, en Chile.

Otro ramal se dirige a Brasil, donde está conectado por túneles a la costa. Allí los túneles se sumergen al fondo del océano, en dirección a la perdida Atlántida" (?).

            

¿Son pues, los habitantes de estos mundos subterráneos, los mismos seres que en su día habitaron ese mítico continente-isla?.

El imperio que construyó estas ciclópeas ciudades, y sobre todo las ciudades subterráneas, ¿son los mismos seres que conocemos como los desaparecidos atlantes?.

Veamos lo que dice uno de los últimos descendientes directos de los dioses que crearon a la Raza Humana, (JIKA) cuando esos dioses abandonaron el planeta Tierra, y los pocos semidioses que quedaron fueron avasallados y masacrados por su propia creación, los humanos:

            

"...Entonces nos fuimos a la OTRA PARTE DEL MUNDO... (¿América?).

Entonces llegamos a extensiones bellas y fértiles, donde los hombres de la raza perversa habían construído ciudades grandiosas. Sus conocimientos y costumbres eran aún divinas.

Y he aquí que no levanté casa sobre el suelo lejano.

Llegué más allá del océano, a una ciudad real, de puertas de oro.

Allí establecí mi morada.

Allí viví entre los sabios de la raza inferior...

Entonces vino el gran espanto sobre una parte de la Tierra. Los reinos divinos se hundieron bajo las olas furiosas y el mundo perteneció a los hijos de las tinieblas...".

            

Muchos estudiosos de estos temas afirman que los restos que se encuentran en América y de los que estamos hablando pertenecen, en realidad, a los vikingos, que llegaron a estas tierras mucho antes que Cristóbal Colón, y que dejaron sus huellas en algunas ruinas que se han encontrado, donde se ven escrituras en caracteres rúnicos.

Estos vikingos, según los partidarios de esta versión, fueron los que se mezclaron con los indígenas de estas tierras, dando origen a un imperio que se pretende identificar con estas civilizaciones desaparecidas.

Yo creo que no es así. Los vikingos, y gentes de muchos sitios diferentes y de muy diferentes razas anduvieron por estos lares sudamericanos, pero la civilización a la que nos referimos es muchísimo más antigua y muchísimo más avanzada técnica y culturalmente hablando.

Hablamos de seres humanos que, una vez creados por los dioses, y de la mano de éstos, fueron paulatinamente desarrollándose hasta alcanzar una civilización muy avanzada, aunque muy inferior, evidentemente a la de sus creadores. Hablamos de la raza atlante.

Sin embargo a mi me inquieta ese título que se le da a esta raza humana: "La raza perversa". ¿Perversa por qué?.           

Hablaremos de esa perversidad más adelante.

En cuanto al origen de estas grandes ciudades encontradas y por encontrar en Sudamérica, y particularmente en la zona del Matto Grosso, sería tal vez conveniente centrar nuestra atención sobre un pueblo que recorrió los mares y los océanos, y que era conocido por ser unos excelentes mercaderes. Eran los "hombres rojos", los fenicios.

Estos fenicios llegaron a Sudamérica y se establecieron alli. De ellos es esta inscripción hallada en Río de Janeiro, (11 de septiembre de 1872):

 

"Somos cananeos sidonianos de la ciudad del rey mercante. Fuimos arrojados a esta isla lejana, una tierra de montañas. Hemos sacrificado un joven a los dioses y a las diosas celestes, en el décimo noveno año de nuestro poderoso rey Hiram y nos hemos embarcado en Esyón Guéber, en el Mar Rojo.

Hemos viajado con diez barcos y hemos rodeado Africa por mar durante dos años.

Luego fuimos separados por la mano de Baal, y ya no estamos junto a nuestros compañeros, Así llegamos aquí, doce hombres y tres mujeres, a esta nueva Tierra de la que tomo posesión como almirante.

¿Soy yo el almirante un hombre que huiría?. ¡No!. ¡Los dioses y las diosas bien podrían favorecernos!".

            

Baal era el dios de la lluvia y las tempestades. Parece que fueron estas tempestades las que arrojaron a estos fenicios a Brasil, "la isla de hierro".

Si fueron los componentes de un naufragio, arrojados a esas tierras ¿tenían la capacidad, dado su escaso número, para edificar esas ciudades y establecer una auténtica y sorprendente civilización?. No lo parece, la verdad.

Más que un naufragio parece que fue una separación de un grupo del grueso de la flota, arrastrados  hacia Sudamérica, debido a esa tempestad.

A mi esta lápida me parece una especie de lamento. Estamos hablando del año 531 a.C.

Sin embargo, son muchas las personas que están convencidas de que el tráfico con este continente de fenicios y cartagineses fue algo regular desde muy antiguo y no algo accidental.

En caso de que hubiese sido así, que hubiesen idas y venidas a ese continente de forma regular, entonces sí que cabría la posibilidad de que estos pueblos estableciesen colonias y asentamientos iguales a los que erigían en otros lugares.

Esas ciudades podrían ser algunas de las que se hayan sepultadas en medio de la inmensa selva.

Las ciudades fenicias se erigían rodeando los palacios y los templos, protegida la ciudad, que tenía viviendas de hasta seis plantas de altura, por una primera muralla, y después otra muralla exterior que afianzaba esa protección.

Cada ciudad era una especie de estado independiente, (igual que las ciudades mayas).

Eran grandes arquitectos, matemáticos e ingenieros, y construian estupendos puentes, puertos y diques. Los fenicios fueron los inventores del alfabeto.

Practicaban los sacrificios humanos, sobre todo de niños, a los que quemaban vivos a los pies de las estatuas de alguna divinidad como Baal, Tanit o Astarté.

Se han encontrado restos de cerámicas, así como monedas de estos pueblos en Brasil y Venezuela.

No obstante, la presencia de los fenicios, (así como de los griegos, egipcios, etc.) no es demostrable más allá de la simple especulación, que es lo que estamos haciendo nosotros por aquello de cosechar el trigo y la cizaña juntos.

Independientemente de la presencia real o no, o de su poca o mucha importancia, de los fenicios y cartagineses en América y de sus huellas, pensamos, no obstante, que debemos remontarnos aún más atrás en la Historia para encontrar a los constructores de las ciudades perdidas, a esa gran civilización misteriosa que no tiene nada que ver con las migraciones que se produjeron hacia ese continente a través del Estrecho de Bering para el Norte y Centro, y por vía marítima hacia el Sur desde Oriente y la Polinesia.

Todo nos lleva a lo mismo: estamos hablando de una humanidad prediluviana, muy anterior, por tanto, a los pueblos que también anduvieron por esos lares americanos, ya sean fenicios, vikingos, españoles, o los imperios mayas, incas, etc.

Cuando Jika, según hemos visto anteriormente, define a los seres humanos, aquella raza antediluviana creada o formada por la manipulación genética de los dioses como "raza perversa", lo hace considerando  que los humanos, quienes para estos dioses no representaban otra cosa que una raza de esclavos, pues ésta era, y no otra la finalidad de su creación, eran unos seres inferiores que no merecían consideración ni respeto alguno. Aparte de que estaban acabando con sus congéneres, claro.

Los humanos eran usados y tratados como bestias de carga, y hasta como juguetes sexuales, incluyendo la sodomización y cuando los dioses abandonaron la Tierra, los semidioses, nacidos de la unión de dioses y humanos, llamados Annu, fueron atacados y exterminados, siendo Jika uno de los últimos supervivientes. Por tanto no es de extrañar ese rencor hacia los humanos.

Pero raza perversa fueron, en realidad los gigantes, que cometieron todo tipo de abominaciones contra los humanos, hasta que los dioses decidieron exterminarlos, atendiendo a las súplicas de sus creaciones.

Con el tiempo, la consideración hacia los humanos por parte de los dioses varió y cuando éstos dieron fin a su estancia en el planeta, los humanos fueron preparados y ayudados a evolucionar, y se les dio la oportunidad de cambiar su situación de esclavos a seres semi-libres, conformando una civilización que iba a tener que decidir su destino por sí misma, aunque ayudados y tutelados.

Los semidioses tomaron el relevo de las dinastías divinas, ocupando los tronos que antes les pertenecían en exclusiva.

La civilización llegó a un alto grado de evolución social y tecnológico, de hecho el propio Jika habla de ciudades maravillosas con puertas de oro, y dice de los humanos que sus costumbres y CONOCIMIENTOS eran aún divinos en la zona a donde fue a refugiarse, es decir, en América. Allí el número de Annu, hijos de los dioses y de los humanos, era aún elevado.

Llegó con el tiempo, tal como dice Jika, hijo de Samirza, la hora del espanto y la desolación, y millones de seres humanos murieron en un mundo convulso por un gran cataclismo que asoló gran parte del planeta, con enormes inundaciones, sobrevivendo los Annu y una parte de humanos, pàsando esos grupos a ocupar ese mundo subterráneo, esas grandes oquedades que los partidarios de la Teoría de la Tierra Hueca dicen que fueron el refugio de esa humanidad primigenia que hoy convive en simbiosis con nosotros.

¿Qué buscaba Fawcett?. Según parece, no buscaba las ciudades perdidas en la selva, aunque algunas de esas ciudades, como la descubierta por Raposo y otros, fuesen de esa civilización primigenia, (que parecen serlo), sino que deseaba integrarse con esa raza que supuestamente se refugió en esas ciudades subterráneas.

Jika habla de que en nuestro tiempo encontraremos los restos de esa civilización:

            

"Sin embargo, antes de que los hombres de mañana vean abrirse ante ellos el abismo infernal, antes de que formen ellos también parte de la leyenda, las huellas de humanidades superiores y primeras serán encontradas hasta en sus más ínfimos detalles y estudiadas a la luz del día.

El agua, la tierra y las montañas entregarán el secreto de las razas antiguas y la historia de un monarca único: Jika, hijo de los dioses".

            

En la zona del Matto Grosso, en el Brasil,  estuvieron en 1941 los nazis, a la búsqueda de ese reino subterráneo con el cual tenían verdadera obsesión en contactar.

Estuvieron en el Tibet, donde obtuvieron información, al igual que Fawcett, por los budistas tibetanos sobre la existencia de ese reino subterráneo, y de las posibilidades de poder contactar con él.

Los nazis estaban convencidos de que esta raza primigenia era una raza aria totalmente pura, la raza de sus supuestos antepasados, que siempre han ensalzado.

Y de igual forma sabemos que varias divisiones alemanas desembarcaron en las costas del Brasil, se adentraron en la selva, tal como lo hizo el Coronel Fawcett, y jamás se ha vuelto a saber nada de ellos.

Todos los buscadores de esta civilización han desaparecido tras tomar contacto con esta civilización de los Annu, (Agharta le llaman los esotéricos y los místicos), o murieron en el intento a manos de alguna de las numerosas tribus de indios que pueblan esas zonas, o devorados por la peligrosa selva amazónica.

Los que no murieron, pero jamás regresaron ni se volvió a tener noticia de ellos, ¿dónde se encuentran?. ¿Fueron admitidos en ese misterioso mundo?.

Si esos seres son tan evolucionados, ¿cómo pudieron admitir a los nazis en su reino?. Todos conocemos lo que representó para nuestro mundo el III Reich, y la catástrofe humana y social que provocaron, en la que tuvieron mucho que ver ciertas creencias esotéricas. ¿Cómo se puede entender que tuvieran algún punto en común los nazis y los seres de ese mundo subterráneo?.

No es sólo en esta zona donde se encuentran entradas para acceder a ese reino bajo tierra. Existen en Asia, en diferentes partes de América, en alguna parte de Africa, y se habla, también, de entradas en las Islas Canarias, a quienes muchos suponen los restos más elevados de la mítica Atlántida.

Pero Sudamérica parece que se lleva la palma en este asunto.

Un ejemplo más, de los muchos que existen sería este relato: Un arqueólogo californiano penetró, junto con otros seis investigadores, en la cueva de Koltun, en Yucatán. Llegó un momento en que el citado arqueólogo, cuyo nombre era Robert Stacy Judd se dió cuenta de que se hallaban totalmente perdidos, situación que le preocupó sobremanera.

Pasaba el tiempo, y por más esfuerzos que realizaban no podían encontrar la salida, para regresar a su mundo habitual.

Cuando se hallaban desesperados vieron una luz que provenía del fondo de uno de los pasadizos, y que se acercaba a donde se encontraban ellos.

Pronto vieron que se trataba de un viejo ermitaño ciego, que portaba una antorcha en la mano para que pudiesen alumbrarse, y que les comunicó que había tenido una visión clarividente de su situación, ofreciéndose para ayudarles.

Una vez a salvo le preguntaron al viejo ermitaño cómo sobrevivía en esa cueva. El hombre les respondió que merced a la ayuda recibida por la gente que vive en la hermosa ciudad interior, en las profundidades de la Tierra, quienes lo alimentaban y cuidaban de su salud.

Sobre este hecho, que alude claramente al reino subterráneo del cual venimos hablando hace referencia el libro "Más Allá de la Mañana", de Chaney.

La entrada que buscaba Fawcett estaba en algún punto de la Sierra del Roncador, llamada así por el extraño sonido que en ella produce el viento al pasar, algo como una especie de "ronquido".

Para otras personas, el "ronquido" es un sonido que sale del suelo, del interior de la tierra, y estaría supuestamente producido por algún tipo de maquinaria.

¿Llegó el Coronel Fawcett a tomar contacto con esos seres?. ¿Se integró en su civilización, con su hijo y el amigo que les acompañaba, o encontraron la muerte en la peligrosísima selva en la que se adentraron con tanta decisión?.

Existen varias versiones sobre su verdadero destino, aunque creo que jamás podrá conocerse la verdad de lo que sucedió.       

La Teosofía, las corrientes místicas de todo signo, hermandades más o menos secretas, movimientos filosóficos, etc., han presentado a la humanidad que supuestamente habita las enormes oquedades del planeta como una raza altamente evolucionada espiritualmente hablando, muy superior a la nuestra y que algún día, nos dicen, tomarán posesión de la superficie, sometiendo y destruyendo a nuestra sociedad.

Su máximo representante es llamado el Rey del Mundo, (el Preste Juan) a quien presentan como una personalidad revestida de la máxima autoridad, y ante el cual, quienes son creyentes de estas teorías muestran un respeto y una consideración que raya en la adoración.

Pero hay varios factores que a mi no me acaban de convencer, pues si todo esto fuera cierto, que está por demostrar, habría que recordarles a estas personas que Yeshúa, también llamado El Cristo dijo que el Rey de este mundo era Satán.

Por tanto, esta civilización estaría cosntituída por seres que descienden de los llamados "ángeles caídos", quienes fecundaron a las hijas de los hombres, y que por desobedecer las leyes que afectaban a los dioses fueron castigados y arrojados al abismo.

Por tanto, ya no sería tan raro que los nazis fueran admitidos en ese mundo, ni que fuesen los budistas quienes informaran a los nazis de cómo entrar en contacto con ellos, sobre todo teniendo en cuenta que el Lama Tibetano fue quien reconoció a Hitler como el legítimo representante de la raza aria.

Sea como fuere, de los nazis que buscaron este reino jamás volvió a saberse nada.

¿Y del Coronel Fawcett?. ?. ¿Qué fue de él, de su hijo y del amigo que les acompañaba?.

Cuando penetraron en la selva fueron buscando a la tribu de los kalapalo, quienes suponía que les podrían ayudar a encontrar la ciudad Z.

Tomaron un guía que encontraron en una aldea de indios nafukuá, un indio kalapalo, llamado Kabukuiri, que se encontraba de visita en esa aldea y que se ofreció a acompañarlos.

Fawcett prometió a Kabukuiri un puñado de collares como regalo por sus servicios.

Llegaron a la aldea de los kalapalo, y allí les informaron que, más adelante, encontrarían unos indios bastante peligrosos. Fawcett, viendo que los kalapalo los trataban bastante bien, decidió no dar los regalos a los kalapalo y reservarlos para los de esa tribu más belicosa.

Esto no agradó nada a Kabukuiri, que se sintió engañado.

En una ocasión estaba Fawcett cazando en las inmediaciones de una laguna. Disparó a un pato, y éste cayó a tierra donde un niño kalapalo fue corriendo a recogerlo. Fawcett le arrebató el pato al niño y lo abofeteó.

Kabukuiri sintió su rencor acrecentarse contra Fawcett.

Estando este indio examinando un cuchillo muy bonito que tenía Fawcett, el coronel se lo arrebató, de malos modos.

Kabukuiri le comentó a sus compañeros de la aldea que iba a matar al coronel y a los otros dos ingleses. Nadie le creyó, pero Kabukuiri, ayudado por su hijo Kururi y su yerno Kaloene, se abalanzaron contra los tres ingleses y hundieron su cráneo con sus mazas, dando fin de este modo a la aventura de Fawcett.

Hay versiones similares, en las que quien mató a Fawcett fue el jefe de la tribu, pues se dice que el coronel le exigió canoas y víveres, y al negarse el jefe de la tribu, el Gran Jefe Cayado, Fawcett le abofeteó, por lo que el citado jefe hundiría el cráneo del coronel con su maza. El hijo y el amigo morirían a su vez al intentar socorrerle.

Pero son muchas las personas que no aceptan la muerte de Fawcett como real, pensando que se trata de rumores para evitar su búsqueda, que aún así se produjo.

Los kalapalo mataron a todas las expediciones que llegaron a su aldea, para evitar represalias. Por eso ninguna regresó.

Si la versión de la muerte de Fawcett corresponde a la realidad, el final de su historia es menos gloriosa y romántica que la que pretenden los que afirman que sí contactó con esa civilización y se quedó a vivir con ellos.

Sin embargo, ¿es lógico que un explorador de la experiencia de Fawcett  cometiera esos errores, que demostrarían una ignorancia total sobre los indios?. No parece probable.

Fuere como fuese, jamás sabremos la verdad de lo que ocurrió. Sólo que un día tres hombres penetraron en la selva buscando una ciudad lamada "La Ciudad Z" y que jamas volvió a saberse nada de ellos.

          

 

 
   
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