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CONIL: HUMANOIDES QUE NUNCA EXISTIERON.

 NOTA DE GEIFO:
Esto que viene a continuación confirma la falsedad de los hechos de Conil. No contentos con haber creado un caso inexistente, Jesús Borrego visita la zona, entrevista a los testigos, y ¡cómo no!, los extraterrestres le obsequian con una "repetición de la jugada". Nuevamente, para uso y disfrute de los que afirman que GEIFO mintió, repiten el suceso, tal vez para darle más fuerza al invento.
Lamentable. Esto es el ejemplo claro de lo que no debe hacerse nunca en Ufología: Inventar un caso que no ha sucedido. Lean y juzguen Vds. mismos:

ESPACIO Y TIEMPO.

Revista de Parapsicología y Ufología

Dirigida por el Dr. Jiménez del Oso.


AÑO: 1.991

MES: NOVIEMBRE

NÚMERO: NUEVE.


HUMANOIDES MUTANTES EN CONIL.

DOS AÑOS DESPUÉS, UNO DE LOS TESTIGOS RELATA SU EXPERIENCIA EN EXCLUSIVA PARA ESPACIO Y TIEMPO.


JESÚS BORREGO.


Un espectacular fenómeno OVNI ocurrió en Conil de la Frontera la noche del 29 de septiembre de 1.989. cinco jóvenes de la marinera localidad gaditana fueron testigos de un múltiple avistamiento ovni, protagonizando un encuentro cercano con humanoides mutantes en la playa de “Los Bateles”. Mientras investigaba el caso, el autor del presente reportaje tuvo la gran suerte de ver con sus propios ojos a seres de otros mundos.

En la noche del domingo 15 de octubre, en compañía de cuatro de los cinco jóvenes mencionados y en la misma playa de “Los Bateles”, Jesús Borrego tuvo un insólito e inolvidable encuentro, a cara descubierta, con los misteriosos mutantes humanoides.


 

ENCUENTRO CERCANOS CON HUMANOIDES”:

Tuve la gran suerte de ver con mis propios ojos a seres de otros mundos –el domingo 15 de octubre de 1.989-, cuando investigaba el complejo fenómeno ovni ocurrido en Conil de la Frontera, en Cádiz, la noche del 29 de septiembre de 1.989, en que cinco jóvenes de la localidad tuvieron su primer “encuentro cercano” con humanoides.

La verdad, una vez más, pudo con el batallón de detractores y derrotista que, tras un riguroso pulso, dieron la espantada, no sin antes hacer todo lo posible por entorpecer la labor investigadora de los que verdaderamente trabajamos pisando fuerte el terreno, examinándolo como mandan los cánones de la ufología moderna. Y es que la verdad aun sigue teniendo poder.

El 10 de octubre de ese mismo año, la agencia “TASS” lanzó la sensacional noticia de un aterrizaje con “desembarco” de humanoides en Voronezh, en la URSS. Este espectacular aterrizaje restó popularidad al caso español, que fue tanto o más real que el soviético.

Los jóvenes protagonistas del caso de Conil, impresionados, no quisieron ofrecer sus rostros a ningún tipo de revista; no querían popularidad y, además, temían ser objeto de burlas, así como que los etiquetaran y pusieran en entredicho su buen nombre, especialmente en el pueblo, donde las voces corren como la luz.

Con objeto de investigar lo sucedido, el domingo 15 de octubre me desplacé a Conil. Aproximadamente a las 20:30 horas, entré en un bar del paseo marítimo para tomar unos aperitivos y efectué mis primeras indagaciones dialogando con el propietario del establecimiento, quién me comunicó que los jóvenes que había presenciado el acontecimiento se dejaban ver por la zona la mayoría de las tardes y que, si aguardaba un rato, posiblemente los vería.


VIO SALIR DEL MAR A DOS HUMANOIDES CON TUNICAS BLANCAS Y AUN GIGANTE CON CABEZA EN FORMA DE PERA:

Efectivamente, serían las 20:30 horas cuando aparecieron Loli Bermúdez Ramos y Pedro González Soler, dos de los testigos del encuentro con los humanoides.

Tras presentarme, les referí el objeto de mi visita. Estos jóvenes ya me conocían, por lo que sentí un gran alivio.

Nos sentamos en la parte del bar que da la paseo marítimo, y, tras cambiar unas ligeras impresiones, les pedí que hicieran lo posible por presentarme cuanto antes al resto de los muchachos. Así lo hicieron. De manera que, una vez en casa de Juan Bermúdez Ramos, estando presente también su novia, Isabel Muñoz Ruiz, nos acomodamos y hablamos largo y tendido, después de haberles pedido permiso para formularles unas preguntas un tanto incómodas, pero de vital importancia para mi.

Cuando terminaron de responder a las mismas, les rogué que me acompañaran a la playa con el fin de conocer “in situ” el lugar del encuentro. Reconociendo la zona, Pedro González, me señaló el lugar exacto donde se encontraba cuando vio salir del mar a los dos “humanoides” con túnicas blancas y al gigante con indumentaria ceñida de color negro y cabeza en forma de pera.


EL HUMANOIDE SOBREPASABA LOS DOS METROS DE ALTURA.

Juan y Pedro, entre otras cosas, se quejaron por las últimas declaraciones publicadas en Diario de Cádiz, en las que el “Grupo Español de Investigación del Fenómeno OVNI” – GEIFO- desmentía los hechos. Les confesé mi indignación y les prometí “romper una lanza” a su favor, siempre y cuando yo viera, tras un riguroso examen, que realmente eran ciertas sus declaraciones y sus experiencias. Los animé y les aconsejé que guardaran silencio.

Me extrañó mucho la investigación realizada por el referido grupo –les contesté a los chicos-. Me consta que Ángel Rodríguez, su presidente, ha resuelto muy buenos casos. Pero en el vuestro no entiendo cómo ha podido lanzar a los cuatro vientos semejante barbaridad”. Ángel es una excelente persona, y, siempre dentro de sus posibilidades, buscó un estilo muy personal. ¿Qué ocurrió entonces? ¿Le fallaron sus pupilos? ¿O acaso fue influenciado por algún detractor? Algo así debió suceder; o quizás le fallaron todos los cálculos... todos nos equivocamos...


UNA EXTRAÑA PAREJA DE GIGANTES EN LA PLAYA DE LOS BATELES:

Salimos de la playa de Los Bateles, tras hablar largo y tendido. No observé contradicción alguna en sus declaraciones. La sencillez con que relataban el acontecimiento era perfectamente verosímil.

Les dí una verdadera paliza, repitiendo preguntas ya formuladas acerca de las cuales aparentaba haber oído otra versión; pero nada, siempre fui corregido. Mi labor de “torpe preguntón” no dio resultado, de lo cual me alegro muchísimo.

Tras permanecer un buen rato en la playa, decidimos subir al paseo marítimo y tomar un aperitivo. Cuando estábamos prácticamente saliendo de la playa, ocurrió lo inesperado. ¡increíble! Nos cruzamos con una extraña pareja. Yo me quedé parado en seco, aunque, sinceramente, ante la presencia del varón todos nos quedamos atónitos; la mujer, en cambio, era más normal y, de haber caminado sola, habría pasado desapercibida. Era muy guapa. No puedo decir lo mismo del caballero. Su cabeza me impresiono a tal extremo que, antes de ser rebasado por ellos, me dirigí a los jóvenes que, perplejos, se miraban unos a otros sin soltar prenda: “¿Os habéis fijado en esa cabeza?”-. la pareja, en ese justo momento, nos rebasó, no sin que antes el extraño personaje, al percatarse de la insistencia de mi mirada, hiciera un extraño amago agarrando a su pareja, como no queriendo que ella nos mirara, mientras, sin dejar de mirarme –con cara de pocos amigos-, procuraba ocultar su rostro, acelerando cada vez más sus pasos en dirección hacia el mar. Sobrepasaba los dos metros de estatura –de 2,10 a 2,15 m -. La mujer era un poco más baja –de 1,85 a 1,95 m-. Pasaron a nuestro lado casi rozándonos.


DESAPARICIÓN DE LOS MUTANTES:

Los chicos, tras el expectante silencio, rompieron a hablar, confesándome que el personaje era idéntico a los que vieron transformarse en su primer encuentro.

El caso era increíble. ¡Valla carambolazo...!

Acto seguido improvisé un pequeño juego táctico. Le pedí a Juan Bermúdez que se quedara allí, controlando con su reloj el tiempo que invertíamos en llegar a la orilla del mar, caminando más o menos a la misma velocidad que los extraños individuos. Le dije a Pedro González que me acompañara y que también controlara el tiempo que tardábamos en recorrer el trayecto. Nos llevaban unos ciento cincuenta metros de delantera, aproximadamente.

Así que, cuando íbamos a mitad del camino, estos se encontraban ya próximos al agua. Andábamos como autómatas; coger velocidad era pesado, pues la arena que pisábamos era blanda y seca y nuestros zapatos se hundían en ella. Aparte de eso, no los perdíamos de vista, ya que caminábamos siempre en línea perpendicular a ellos y la noche era clara.

Seguían avanzando rápidamente hacia el mar. De repente, vimos cómo los dos individuos ¡desaparecían!, ¡se esfumaban! Pedro y yo nos detuvimos sin quitar la vista del punto en que desaparecieron. Nos quedaban más de ochenta metros para llegar a la arena mojada.

-¿Qué te parece Pedro? –comenté

-¿Has visto? ¡O se han agachado o han desaparecido!

-No está mal pensado -, respondió.

Fue entonces cuando aconsejé a Pedro que corriéramos, sin antes advertirle que, cuando llegáramos a la arena mojada, nos detuviéramos. Para mi era fundamental comprobar hacia dónde se dirigían las huellas de sus zapatos.

Corrimos hasta llegar al lugar donde desaparecieron. Pedro casi se mete en la arena mojada; pero lo detuve, agarrándolo por un brazo. “¡Quieto Pedro1 –le dije, alertándolo -; lo que aquí está ocurriendo no es normal”. Hicimos una señal a Juan Bermúdez y a las dos chicas – con unas linternas- para que se acercasen. Mientras llegaban, observé las pisadas de la insólita pareja; eran claras y también las únicas. No había más pisadas; imposible que las hubiera. Todo era liso como un espejo: la bajada de la marea, conforme transcurría en la penumbra, planchaba la arena.

Llegaron Bermúdez, Loli e Isabel. Eché una ojeada a la derecha –en dirección al norte, hacia Roche, cuyo faro, barriendo la costa, me permitía ver perfectamente el área circundante-. No había rastro de vida; solo el brillo de la película de humedad en la superficie de la arena. Miré también hacia el sur; el campo de visión era total, el faro de Trafalgar iluminaba completamente la zona; igualmente, sin rastro de vida. Dije un disparate, que por cierto hizo mucha gracia a Pedro –no era para menos-.

Loli quiso adentrarse en la arena mojada, porque, al igual que todos, estaba sorprendida al ver huellas que se dirigían hacia el agua, por lo que tuve que exhortarles para que no borraran las huellas.

¡Estas son! –exclamé-, no cabe la menor duda”. Al principio me adentré yo solo en la arena mojada, examinándolas detenidamente. Las pisadas grandes y profundas, que, en comparación con las mías, que gasto un 42-43, eran enormes, correspondían al enigmático personaje.

La arena estaba dura y mi pisada no penetraba profundamente en ella, solo dibujaba su forma en la superficie. Introduje mi pie dentro de una huella y me sobraba casi la mitad; era impresionante y, por su profundidad, deduje que el peso del individuo debía de superar los ciento veinticinco kilos, o tal vez más.


UN ENIGMÁTICO PUNTO EN EL CIELO:

No nos habíamos recuperado de un sobresalto, cuando entramos en otro. Toda nuestra atención incidió en un extraño “punto” negro, como el silicio, y del tamaño de un balón de fútbol. Se distinguía perfectamente, muy por detrás de la Torre del Palmar, a más de cuatro kilómetros. Debió de cruzar la referida torre prácticamente en milésimas de segundo. Se pudo apreciar con mucha nitidez. La visibilidad no podía ser mejor, la arena mojada brillaba, reflectando la luz de la Luna; si a este fenómeno sumamos los continuo barridos del faro de Trafalgar, la conclusión no puede ser más sencilla, y mucho más si tenemos en cuenta que el único obstáculo existente era en “extraño” objeto, que aumentaba de tamaño segundo a segundo. En tales circunstancias, es perfectamente aceptable que un objeto de 1,80 m de altura se distinga en una superficie lisa a cuatro kilómetros de distancia. Lo que no es admisible es que dicho “objeto” cubra cuatro kilómetros en cuarenta y cinco segundos. Es decir, “cien metros lisos” en poco más de un segundo... Algo así como pegar el pistoletazo de salida y no tener tiempo el campeón de dar la primera zancada.

Pensé, y así se lo hice saber a los chicos, que aquel fantástico record pudiera ser la cortina de humo que, a veces, suelen tener estos “hermanos nuestros” para distraer la atención, cuando les están pisando los talones. O tal vez nos lo brindaron a nosotros. -¡Será posible!; ¡cuarenta y cinco segundos, tío!”, repuso Pedro González, lleno de asombro y en tono asustado.


Y EL OBJETO SE TRANSFORMO:

Aquel enigmático objeto fue tomando forma humana antes de detenerse frente a nosotros. Se le distinguían, de cintura hacia arriba, cabeza, hombros y brazos, justamente cuando aminoraba la marcha para detenerse. De cintura hacia abajo sólo le apreciamos una especie de “nebulosa giratoria”. Parecía flotar y, a veces, daba tirones en su avance. Luego, aproximadamente a los veinticinco o treinta metros de su definitiva parada, comprobamos que daba grandes zancadas y que sus piernas eran muy largas y bien definidas. Se paró precisamente frente a nosotros, significando que en ese mismo sitio fue donde desapareció la pareja que habíamos seguido anteriormente. ¡Es una chica!, exclamé emocionado. Debo confesar que sentí cómo se estremecía interiormente todo mi ser. Sentí deseos de acercarme a ella y preguntarle “directamente”: ¿quién eres, tu record no es de éste mundo?

Los chicos estaban tan sorprendidos como yo. La “cósmica” velocista siguió andando lentamente y, una vez que nos rebasó, sin hacer ningún extraño ademán, le salió al encuentro un nuevo ser, no se de dónde ni cómo, que se acercó a ella comentándole algo. Sin mirar hacia nosotros, éste cogió la prenda de la que ella se despojó –la parte superior del chándal- y caminaron en dirección sur, plácidamente, por la orilla del mar hasta perderse hacia Cabo Roche.

El hombre que la acompañaba era de características similares al anterior, pero la distancia que había entre él y nosotros no resultaba suficiente para captar los detalles.

Por mi cabeza volaban infinidad de ideas: una, que pudiera tratarse de la misma pareja y que, si fueron ellos, “jugaron” con el tiempo y conmigo. Sencillamente, porque yo tardé en llegar hasta las huellas el tiempo suficiente como para tenerlos a la misma distancia que en mi partida, en la dirección que fuera, y las huellas se perdían en el mar, no existían otras, y aun suponiendo que la velocista hubiera batido record en el justo momento en que la perdimos de vista, no encajaba tampoco. ¿Dónde quedó el extraño ser cuando ella efectuó el supuesto record de partida, en el preciso instante de perderlos de vista?

Por más vueltas que le daba al asunto no podía componer el puzzle. Aún hoy tengo mis dudas sobre si fueron dos parejas o una.


MISTERIOSAS HUELLAS EN LA ARENA:

Tras esta exhibición me dispuse a seguir las huellas de la enigmática pareja que desapareció de forma misteriosa. Pude comprobar que las de la chica no eran muy claras en comparación con las de su acompañante, que se hundían en la arena mojada, y que debían pertenecer a un individuo de más de ciento diez kilos de peso y corresponder a un pie del cuarenta y siete, o quizás más.

De repente, observamos que las pisadas formaban un círculo de aproximadamente dos metros de diámetro. En ese círculo no pudimos apreciar lo que sucedió. Estaba formado por un sinfín de pisadas y en él se perdían definitivamente las huellas de la mujer.

Examinamos los alrededores y la arena estaba lisa como un cristal. No había más huellas de nadie, ni perpendiculares ni paralelas a la orilla del mar; apenas se distinguían las que dejábamos los chicos y yo; sólo se apreciaban las grandes zancadas que formaban el círculo.

Miré por última vez la extraña figura geométrica y no encontraba explicación. Sólo existían las pisadas de aquel gigante, y cuanto más al centro más difuminadas se veían, dando la sensación de que había dado varias vueltas en círculo, girando siempre en el mismo sentido, hacia la izquierda. Llegué a pensar, al no aparecer huellas femeninas –salvo un extraño taconeo o pequeños hoyos del tamaño de un tacón de zapato femenino-, que la mujer había sido cogida en brazos por el gigante, penetrando con él en el mar. Otra explicación no encuentro. Tras estas vueltas, me despedí de aquel extraño círculo con las pisadas que salían hacia el mar.


ENCUENTRO CERCANO EN PLENA CALLE”:

Salimos de aquel mágico lugar y nos dirigimos al paseo marítimo para tomar un aperitivo. Permanecimos en el establecimiento hasta las 12:00 horas, poco más o menos, cuando, de repente, Pedro González dio la voz de alarma:

-¡Ahí vienen!

-¡Cierto, son ellos! – contestamos todos a una.

Pedro, que tenía una cámara de superocho, filmaba descaradamente a la extraña pareja, que venía por el mismo camino por donde se marchó, con igual prisa e idéntica vestimenta –bien seca, por cierto-. En esta ocasión, ambos andaban con los brazos caídos y sin advertir que Pedro los estaba filmando.

Miré fijamente la cara del extraño gigante conforme se aproximaba. Igual que antes, trató de que yo no viera o mirase a la chica y la cubrió con su cuerpo. Una vez que nos rebasaron, entraron en el pueblo y se perdieron entre la multitud.

Pedro mandó a revelar la película, pero no salió nada, porque estaba velada, circunstancia ésta que a mi personalmente no me cogió de sorpresa.

Cinco personas hemos vivido este acontecimiento, sin fantasear ni inventar nada. Yo, como investigador, me remito a contar lo que he presenciado personalmente cuando me encontraba investigando el caso de Conil.

Juan José Benítez, una vez más, siguió el caso tan refinadamente como es costumbre en él.

Me hizo una visita relámpago y esgrimió sigilosamente, sobre el tapete de la mesa donde yo me encontraba, un dibujo que me hizo ponerme en pie.

¡Pero esto que es J. J.!”-, exclamé sorprendido y asombrado. Ante mi tenía el retrato de aquel ser que vi junto a los chicos de Conil. Yo también tenía su retrato-robot hecho por mi y el parecido no podía ser mayor.

J. J. Investigó el caso “insitu”. Sabe hacerlo bien, y mejor aun lo disimula. Y es que tiene que ser así.

El dibujo me hizo viajar de nuevo a Conil para hablar con los chicos. Esto fue el 20 de Julio de 1.990. Me puse al habla con Juan Bermúdez, quien, aparte de decirme que fue él quién hizo el retrato-robot que J. J. me enseñó, me relató otra extraordinaria experiencia que no cabe aquí destacar.

Le enseñé mi retrato-robot del personaje y comprobamos que discrepábamos muy poco respecto a la cara del extraño ser. Sólo diferíamos en cuanto a la edad del mismo, que en mi retrato andaba por los treinta y tres años y en el suyo daba la impresión de tener más de cincuenta.

No olvidaré jamás aquellas caras.


A ESTO, ALGUNOS/AS LE LLAMAN UFOLOGIA. ¡LAMENTABLE!.






 
   
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